Uno no sabe lo que es la inocencia hasta que la pierde

Por: Monkiki Morones 

Y ahora, una historia. Cuando yo era niña, estamos hablando alrededor de mis seis, siete, ocho años, la única educación sexual que había recibido consistía en la siguiente “información”:

1) La básica: Los papás ponen una semillita en las mamás, así se hacen los bebés
2) Por parte de mis compañeras: Algunos chistes obscenos que no comprendía en su totalidad y que hacían referencia al acto sexual
3) En la escuela: Existen características distintas entre macho y hembra… ¿Cuáles? No nos lo enseñaron aún
4) Por medio de imágenes: De manera fortuita di con la portada de una revista en la que dos hombres chupaban los pezones de una mujer. Simplemente me pregunté por qué aquellos hombres bastante mayores necesitarían alimentarse así y todavía más, si esa mujer sería su madre, ya que parecía muy joven comparada con ellos
5) Educación religiosa: Los mandamientos de la Ley de Dios; el sexto “No fornicarás” (tener lo que llamaban sexo, situación confusa para mí); el noveno “No desearás la mujer (u hombre) de tu prójimo”.
Tu cuerpo es el templo del Espíritu Santo

Teniendo yo todas estas referencias, resulta que un mal día un hombre mayor, heterosexual, casado y de profundas creencias religiosas (o eso aparentaba) decidió besarme, tocarme, decirme que le gustaban mis piernas, pedir que sintiera su corazón latir, pedir que tocara su pene… No se asusten, nunca dijo la palabra, sólo llevó mis manos hacia él obligándome a tocarlo. Más o menos eso fue lo que pasó, sin entrar en detalles. Yo no lo vi, pues ya mejor miré la imagen de una virgen que estaba por ahí y recé, pero lo recuerdo como la experiencia más asquerosa de mi vida. Y yo misma me sentí la persona más sucia, huí a lavarme las manos y nunca más nadie supo nada hasta hace relativamente poco tiempo. Al tipo le huí para siempre, aunque eso no le impidió volver a acosarme a los once años (“mira nada más cuánto has crecido”), sólo que para entonces ya no me dejé. Sabe Dios que será de él ahora.

Pero, ¿por qué cuento todo esto? En primer lugar, porque hace tiempo acepté que este episodio,aunque amargo, forma parte de mi vida, pero no es mi vida, ni mucho menos la rige, así que ya puedo tomar distancia del evento y seguir adelante, aceptándome, amándome y perdonando (pero nunca olvidando). En segundo lugar, porque quiero que algunas personas entiendan algo fundamental: la importancia de una sana e informada educación sexual. Tomen como ejemplo mi caso, si les parece. Durante muchos años de mi infancia y mi adolescencia sufrí pensando en lo que había pasado, sin poderlo contar a nadie por la vergüenza y por no afectar a ese hombre y su familia pensando que ningún hombre me amaría después de eso (porque después me explicaron lo que significaba ser virgen y casta, y qué eran los comportamientos impuros). Pero este sentimiento no era nada más que un reflejo de lo que socialmente me había sido transmitido.

Estas las consecuencias de mi educación:
1) Me sentí pecadora (ver mandamientos 6° y 9°) y por tanto, muy avergonzada. Mi cuerpo ya no era templo del Espíritu Santo. Me sentí culpable
2) Ya comencé a entender un poco lo de la grotesca imagen que había visto
3) Pensé que tal vez este abusador me amaba, como un papá a una mamá (?) ¿Debería corresponderle?
4) Ya no me hacían tanta gracia los chistes de mis amigas
5) La escuela, bien gracias en el tema. Pura biología y religión. Hasta la prepa vimos las cuestiones sociales y psicológicas de la sexualidad. Nos explicaron de los riesgos de abuso. Un poco tarde para mí

Y me pregunto ¿qué hubiera pasado si hubiera recibido una educación más como la que se pretende ahora, desde pequeña? ¿Qué tal que me hubieran dicho que mi cuerpo es mío y que no debía dejar que nadie lo tocara si yo no quería? ¿Qué tal que me hubieran dicho cuáles eran mis partes íntimas, en vez de sólo decir “¡no te toques ahí!”? ¿Qué tal que me hubieran dicho que debía ser muy cuidadosa con mi cuerpo? ¿Qué tal que me hubieran dicho, si por alguna razón alguien abusaba de mí, y me hubieran explicado en qué consistía un abuso, que lo dijera de inmediato y sin pena; que confiara? Que en vez de hacerme aprender dos mandamientos que en ese momento no podía ni incumplir, me hubieran dicho que Dios me ama sin importar qué. En mi corazón siempre lo supe, pero lo que perduró por muchos años fue la vergüenza y el miedo.
Pero todo fue por preservar mi inocencia (ja).

No se equivoquen. La seguridad de sus hijos vale mucho, pero mucho más que esa pretendida inocencia. Quién sabe, tal vez tratando de resguardarla, la pierdan. Y créanme, es duro.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s