Para vivir hay que pagar

por: Ruth Castro

 

Pagar por nacer, pagar anticipadamente por morir. En el intermedio, pagar por casarse, por divorciarse, porque el Estado valide el amor, porque persiga al que no te cumpla, porque lo obligue, si no a querer, a mantener a su progenie, porque persiga, ahora, al que te hizo perder el tiempo haciéndote creer que se casaría.

“Esta vida la tenemos prestada”, se dice coloquialmente. Aunque podríamos decir: “Esta vida la vamos pagando en abonos, con tarjeta, con vales, con créditos, con préstamos que pagan otros préstamos…”. Págale a la iglesia para que te perdone; págale para que te asegure un rinconcito en el cielo. Págale al Estado para que te cuide; págale también para que te robe con toda su autoridad. Págale a la escuela para que te instruya en las artes de la obediencia y de la abnegación de tu clase; págale para que te enseñe a qué grupo perteneces. Págale al servicio médico para que ponga nombre a tus malestares; págale para que te dé tratamientos que si llegan a aminorar los síntomas, también te afectarán otros órganos; págale para que te proporcionen medicina a todas horas, no para que te expliquen que tus hábitos físicos, alimentarios y emocionales son los que provocan, en la mayoría de los casos, tus enfermedades.

Caso I
Alguna vez tuve un matrimonio que me quedaba apretado, que me ahogaba, que no iba conmigo. Ni siquiera fue un matrimonio porque nunca me he casado (ni lo haré); fue un amasiato. En todo caso fue como tener un “bien” (o un “mal”) por el que no había firmado, por el que no había pagado al Estado ni a la iglesia. Lo peor de todo, decían, es que no hice una fiesta en la que les mostrara a todos los invitados la factura. Lo peor de todo, decían, es que no hubo música ni baile ni pastel. Lo mejor de todo, digo, es que no tuve más que tomar mis cosas, dejar las de él, desearnos suerte, y decir adiós. Lo mejor de todo, digo, es que no emplee mi resentimiento en venganzas legales. Lo peor de todo, en realidad, es que se quedó con mis discos favoritos.

Caso II
Alguna vez hubo un hombre que no supo ni quiso ni pudo sostener una relación, porque dicen, una relación es de dos. La mujer lo persiguió literal y jurídicamente. Lo quería obligar a pagar una pensión alimenticia porque pobres de sus dos hijos, qué comerían. La verdad es que deseaba que remunerara, de algún modo, el dolor causado. No lo alcanzaron (ni ella ni la ley) porque se cambió el nombre y de toda demanda negó ser el culpado. Todo es tan relativo en las relaciones, tan inútil en las represalias emocionales. Pobres de nosotros, tan necesitados afectivamente y tan prestos a llenar los bolsillos del coyotaje que nos apremia con la idea tirana de que en este país la ley sí triunfa, que desquitarse sí tiene sus recompensas, que resarcir el daño con dinero sí alivia.

Caso III
Una mujer paga con anticipación su deceso: funeral, caja, entierro, pedazo de tierra donde descansar eternamente. De pasada paga otros dos espacios de tierra, porque también hay buenos paquetes y excelentes promociones en el negocio mortuorio. Piensa en sus hijos, qué tal si alguno no tiene “ni en que caerse muerto”. Con todo el oscuro humor de lo que llamamos destino, uno de los lotes que ha liquidado termina usándolo su ex marido, de quien juró vengarse. Pero su ex conyugue ha interpretado bien su papel de cigarra carpe diem, y aparece después de veinte años, desahuciado y sin seguro médico. Ella es demasiado buena como para negarle ayuda. Además, es “el padre de sus hijos”. Él ha tenido una vida de despreocupaciones tal —y está tan enfermo— que ya no le caben dignidades ni pudores morales. Finalmente, ni la muerte los separará. Finalmente, la venganza tendrá que esperar a que se encuentren en otra vida. Finalmente, nadie sabe para quién trabaja.

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