Miedo y asco en Caracas

En diciembre del año pasado tuve la fortuna de tener algo extra de dinero para comprar alguna ropa nueva, en ese momento estaba obsesionada con vestirme monocromáticamente y conseguí esta pieza negra que me encantó porque aparte de ser muy bonita es muy cómoda, se volvió inmediatamente una de mis favoritas:

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La primera vez que la usé en la calle me llamaron “gorda” y “puta”, obviamente esto no me resultó agradable y de hecho me molestó bastante, sin embargo no dejé de usarla aunque esto me costara soportar las miradas lascivas de los hombres y las miradas reprobatorias de las señoras, es mi ropa y la compré para usarla, no para adornar mi clóset, pero ayer usarla me hizo pasar aparte de muchos momentos incómodos, una de las experiencias más desagradables que he tenido.

Decidí ponérmela con una camisa debajo y unas medias pantys rotas al mejor estilo punk, me dirigía a una reunión y cuando buscaba el sitio donde tenía que estar tuve que aguantar un “tsss tsss” (¿me conoces? no ¿tienes algo importante que decirme? No, ¿entonces por qué tratas de llamar mi atención si yo estoy ocupada en mis cosas? ¿si volteo qué me vas a decir? ¿qué vas a lograr con eso?), un señor que me paró para decirme “hola, vale, ese short te queda bello” y otro que se paró justo en frente de mí, se me quedó viendo y balbuceó una combinación de obcenidades y maldiciones, “otro día más lidiando con el acoso callejero” pensé. Fui a la reunión y salí muy alegre de allí ya que se concretó algo muy importante para mí, iba feliz fantaseando con este nuevo proyecto y así llegué hasta el metro.

Estoy esperando el tren y un señor pasa muy cerca de mí, casi rozándome, hago caso omiso a esto y cuando llega el tren, entro al vagón, me siento y el señor se sienta en el puesto de al lado, abro un libro y mientras leo con el rabillo del ojo me doy cuenta que me mira constantemente, ahí mi mente empezó a pensar en lo peor, así que decidí que al llegar a la estación terminal iba a esperar que él saliera primero cuidándome de que no me persiguiera. Llego a mi destino y espero que todos salgan y él se para pero yo me quedo sentada esperando que salga; no sale, cuando me paré para salir, entonces  salió, me quedé quieta, lo vi fijamente para que se diera cuenta que me estoy dando cuenta de lo que está haciendo y se queda contrariado pero sigue su camino, espero que se aleje pero lo tengo en la mira y voy a una distancia prudencial atrás de él, sube las escaleras y cuando llega a la parte de arriba para hacer la transferencia mira hacia los lados (obviamente buscándome) y me escondo detrás de una columna sin quitarle el ojo de encima, continúa por la rampa bajando y voy de nuevo detrás de él, instintivamente meto mi mano en mi bolso y agarro una navaja suiza que tengo en mi llavero y le saco el cuchillo, continuo con la mano adentro del bolso pero con la navaja en mano, muy asustada e iracunda al mismo tiempo; la gente me miraba como si estuviera loca (seguramente sí me veía así), cuando termina la rampa lo veo como si fuera hacia los trenes de otra línea distinta a la que yo tenía que tomar así que continúo mi camino y voy a esperar el otro tren que tengo que agarrar, más tranquila pero igual de alerta, había mucha gente esperando el tren y cuando llega todos se atiborran en la entrada, cuando estoy a punto de entrar al vagón veo que el desgraciado ya está adentro, inmediatamente salgo, me alejo pero con la vista en él, para asegurarme de que se vaya en ese vagón, después de muuuuucho rato (típico metro de Caracas) se va el tren con él adentro. En ese momento sentí un gran alivio que fue seguido por muchas ganas de llorar, rabia, impotencia y pánico. Nunca antes había sido perseguida, pensé en lo que me pudo haber pasado si no me daba cuenta a tiempo de que ese tipo estaba actuando de manera sospechosa (y no sospechosa del típico “boleta” de Caracas que te tiene en la mira y te va a robar), si no hubiese ido detrás de él sino él detrás mío, si se bajaba en mi estación y me perseguía hasta encontrar el lugar donde actuar. Cuando llegué a mi estación me bajé como una esquizofrénica estereotípica: mirando a los lados, mirando hacia atrás a cada rato, hasta llegar a mi casa.

Ésta es mi ropa y me la compré porque me gusta, ¿no tengo derecho a usarla?, ¿en qué momento puedo salir vestida como quiera?, ¿tengo que cambiar toda mi vestimenta para que no me acosen?, ¿nunca me voy a poder ver como quiero sino como llame menos la atención?, ¿renuncio a mi identidad?, ¿tiro toda mi ropa a la basura entonces?.

Ésta es mi ciudad y tengo todo el derecho a transitarla tranquilamente, ¿por qué siento que no puedo hacerlo? Como si no fuera poco el tema de la inseguridad en Caracas, ¿también tengo que estar pendiente que en cualquier momento también un sádico me persiga? Entonces ¿qué hago?, ¿no salgo?

Hoy volví a entrar al metro,

sentí miedo y asco.

Texto por: Lorena Orlando

Lorena, “loocila” o Lulú, nació y vive en Caracas, Venezuela. Es música, fotógrafa, escritora y feminista. Puedes conocer más de ella en este link

 

 

 

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