Crónicas de un desprincesamiento: el síndrome de Bella

Por: Vale Ria

Hasta ahora he escrito varias crónicas sobre un desprincesamiento: el mío.

Deconstruir el amor romántico y el cliché de los roles a cumplir dentro del mismo, a partir de las figuras idílicas de la princesa y el príncipe, ha sido un proceso lento con tareas diarias; compartir ese proceso fue lo que en un principio nos motivó a crear este blog.

Ahora viene al caso recordarlo por la llegada al cine de la nueva versión de La Bella y la Bestia. Crecí en los 90: claro que fui a verla y gocé de nostalgia. El esfuerzo por convertir este clásico en un film inclusivo racial y sexualmente, acabó por ser un tanto condescendiente, aunque tampoco esperaba algo más profundo.

Desde su primera versión, aparentemente la intención de Disney con esta historia, es enseñarnos sobre un amor que ve más allá de las apariencias y que es capaz de curar almas corrompidas por su vanidad. Sin embargo hay una obvia historia violenta ocurriendo en medio de esta trama de miel: una historia violenta que se volvió una constante en mi vida y que se manifestó con claridad en mis respuestas emocionales ante los estímulos románticos de la película.

Ahí te va:

Tenía dieciséis años cuando sentí por primera vez un enamoramiento tal que me hacía fantasear con pasar el resto de mi vida al lado de un hombre. Este hombre, unos doce años mayor que yo, vivía hundido en su interpretación melancólica y pesimista de la realidad. Con su presunta apatía por la vida, una increíble capacidad para poner todo en palabras y una pizca de mitomanía, me mantenía manipulada para estar a su lado cuando él lo deseara, para no molestarlo cuando estaba con otras mujeres, para ayudarlo con su trabajo y por supuesto, para no contar lo que estaba ocurriendo. A pesar de sus constantes malos tratos y abusos, en mi corazón de quinceañera, yo guardaba la esperanza de que mi amor lo sanaría, de que eventualmente sería un hombre amable, cariñoso y tierno: de que se convertiría en el príncipe que alguna hechicera malvada había escondido bajo el disfraz de una bestia violenta, sin un ápice de empatía. Y a partir de esa esperanza me convertí en una prisionera: obediente, complaciente, abnegada y tímida.

Esa relación acabó por ser una de las experiencias más violentas y dolorosas de mi vida: me dejó desintegrada y tardé años en comprender lo que me había ocurrido.

En delante, tuve relaciones diferentes, unas apacibles, otras apasionadas, casi todas fugaces. Pero eso sí, siempre que consideré tener una pareja estable -y cuando la tuve-, el detonante era mi necesidad por resolver algún conflicto vital, por arreglarle la vida a alguien. Los hombres con los que salía y se podían hacer cargo de sí mismos, me resultaban aburridos, no me representaban un reto.

Sentía que enamorarme de un hombre agresivo y con problemas que él mismo no podía resolver, era lo más noble que podía hacer.

Y es que desde niña me dijeron, que si un niño me estiraba el cabello, seguro yo le gustaba. Y es que desde niña me dijeron: los hombres van cambiando cuando aman de verdad.

Algunos amigos me han contado que es cierto permiten que una mujer se haga cargo de ellos emocionalmente, que les cure las heridas, que los ablande con su ternura y atención, o que por lo menos, los ayude a controlar su desmadre. Y no se trata generalizar o señalar buscando culpables, a fin de cuentas ambas conductas son resultado de una programación.

Pero hackear las conductas programadas en la mente, es tarea de cada quien. Es necesario aprender a acompañarnos en estos procesos, sin que el compañerismo se vuelva una labor de rescate que pase por encima de la dignidad propia.

Más amantes reales. Menos romances de la realeza.

2 thoughts on “Crónicas de un desprincesamiento: el síndrome de Bella

  1. Estoy totalmente de acuerdo con que tenemos una programación de “salvar” a los hombres y terminar siendo sus psicólogas, cosa que me parece terrible. No lo juzgo, pues he estado en esa situación. Y si necesitamos amantes reales y no de cuentos de hadas. Pero no encuentro la relación con el personaje de la bella. A mi parecer ella nunca deja de ser ella misma y sin intención de cambiarlo o salvarlo.

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    • Pues tampoco se trata de hacer una crítica al molde de la película tal cual. Sino más bien poner atención al hecho de que Bella está prisionera mientras su historia de amor sucede. Todos los habitantes del castillo conspiran para que ella siga ahí con esperanza de que transforme a Bestia. Y al final efectivamente lo transforma con su amor -aunque claro, como tú dices, ella no sabía que tal cosa pasaría: ahí está “la magia”. Lo peligroso es que aunque ella no lo sabe, nosotras como espectadoras sí lo sabemos. De cualquier forma esto es más bien una programación social, en mi caso me parece análogo a este personaje: aunque yo en esencia tampoco he cambiado ninguna vez por cambiar a un hombre, sí he terminado prisionera de mi propia ilusión de que amándolo, él cambiará. Gracias por tomarte el tiempo de leer y dialogar. ¡Saludos! (:

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