Sufrí de abusos y no lo sabía

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No es fácil darse cuenta del maltrato. Menos cuando eres jóven y no se tiene la misma perspectiva sobre la vida.
Me ha costado mucho trabajo y diez años para llegar a entenderlo y aceptarlo, pero ahí va:
Reconozco que sufrí de abusos psicológicos tiempo atrás.

Que quede claro: esta no es una carta ni una lista de reclamos, señalamientos o culpas a alguien en específico. Este es un texto que me ayudará a externar lo que haya que externar y que, en el mejor de los casos, le pueda ayudar a alguien más a detener o reconocer abusos. Ese es el mayor objetivo.

Sí, sufrí de abusos psicológicos en relaciones pasadas y, aceptarlo una década después me ha dado una libertad sin precedentes.

En su momento me sentía atrapada, en una lucha constante y, aunque parezca exageración, estaba a poco de desintegrarme. Estaba a nada de pensar en herirme físicamente para ganarle tiempo a la situación. Que fuera yo la que se agrediera antes de que él lo hiciera.

El problema con los abusos psicológicos y en general con los abusos, es que no sabes que estás siendo víctima de ellos. Innumerables veces me dijeron mis amigos que “parecía mujer golpeada” o que “Me tratan mal y ahí voy otra vez a lo mismo”, también me dijeron que “parecía que me gustaba la autoflajelación” o que “antes era chida y ahora era fea” y cosas por el estilo.

Recuerdo muchísimos momentos en los que me sentía culpable de todo porque me hacían creer que realmente lo era.

Salir con amigos siempre fue un problema y salir con amigas también. Si alguien desconocido se me acercaba a hablar, los nervios se me iban directo a las manos y trataba de evadir conocer a gente nueva. Me aislé de muchas personas en aquel entonces y me aislé de todo lo que creía por miedo.

La culpa es el motor que mueve a cualquier abuso. Tú tienes la culpa por querer salir con tus amigos, tú tienes la culpa de querer hacer nuevos amigos, tú eres la responsable de que él esté enojado de nuevo. Tú y sólo tú.

Creo que al decir en voz alta “Una vez me pellizcaron debajo de la mesa por reírme y hablar fuerte” fue el momento de revelación más grande. Se me quebró la voz, me fui y me perdí por unos minutos.

No sólo porque ese momento en específico marcaba claramente una transgresión entre lo psicológico y lo físico, sino porque también era un claro detonante de que estaba siendo menospreciada por ser quien era. Con todo lo que me involucra ser, con lo bueno y lo malo.

Hubo agresiones verbales. Una de las cuales me llevó a terminar la relación por primera vez (de muchas veces)
Hubo ridiculización, control y manipulación.

Este estira y afloja me orilló a mudarme del país por un semestre y terminar la relación de una vez por todas, dejándome en depresión y con un peso de culpa en la espalda inigualable. Aún a kilómetros de distancia, me aterrorizaba hablar con gente nueva, hacer amigos o salir a fiestas.

No es sencillo aceptarlo, y sé que tal vez algunas personas se puedan sentir ofendidas con lo que escribo pero, es necesario hablarlo.
Es necesario porque conozco a un muchas amigas y personas que han pasado por relaciones así y no son casos aislados, sino que es un síntoma que está ahí, se normaliza y se repite.

Es necesario porque son patrones que se enseñan:Si no te cela no te quiere, si no duele no es amor.
Son grandes mentiras que nos han programado a sentir en torno a las relaciones. Estas creencias, estas enseñanzas, vienen empapadas de violencia, de apego, de dependencia, miedo y culpa.

En mi caso, la situación se redujo a: ó me caso con él y soy infeliz de por vida ó me voy del país y a ver qué pasa, pero sé que para muchas personas las opciones y las oportunidades son muchísimo más reducidas.

Es tan importante hablarlo, externarlo y re educarnos.

Pero debo decir que, gracias a esta experiencia busqué lo opuesto a todo eso.
Busqué amor por mí misma, respeto y dignidad, porque sinceramente todo eso lo perdí en aquel entonces. Eso me llevó a perdonarme y a perdonarlo, a conocer gente increíble y hacer lo que más he querido hacer: arte y música para los demás.

También, gracias a esta experiencia encontré y abracé el feminismo. Por eso salí el 25 de noviembre y el 8 de marzo a marchar. Marché por mi versión de los veinte años que tenía miedo a reírse y dar su opinión. Marché y grité consignas por mi mamá y las mamá de muchos que, nos educaron desde el amor más grande y la mejor de las intenciones, a servir y compensar las inseguridades del hombre incondicionalmente a expensas de nuestro autoestima y amor propio. Marché por aquellas que no han reconocido que viven o vivieron en abuso y por quienes lamentablemente, ya no están a causa de los mismos.
Por eso escribo y por eso me permito hablarlo.

Texto e ilustración por: Laiza Onofre

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